Mi historia con el deporte empezó como la de muchos niños: jugando al fútbol.
Durante años, el balón fue mi sitio. Entrenamientos, partidos, competir con mis amigos… hasta que una operación por crecimiento en la rodilla me obligó a parar.
De repente, algo que formaba parte de mi rutina desapareció.
Y fue precisamente esa parada la que terminó llevándome a un gimnasio.
Al principio, simplemente buscaba una forma de seguir haciendo deporte. Sin demasiadas expectativas y sin tener muy claro qué estaba haciendo. Con 16 años empecé a combinar el fútbol con las pesas y, poco a poco, el gimnasio empezó a despertar algo diferente en mí.
A los 18 años tomé una decisión: dejar el fútbol y centrarme completamente en mejorar mi físico.
Y aquí empezó realmente el viaje.
Porque una cosa es querer cambiar tu cuerpo y otra muy distinta saber cómo hacerlo.
Durante años probé prácticamente de todo. Cambiaba de entrenamiento, modificaba mi alimentación, subía de peso, intentaba volver a bajarlo… y cada vez que pensaba que había encontrado la fórmula, algo terminaba fallando.
Había épocas en las que me veía mejor y otras en las que sentía que volvía al punto de partida.
Y lo peor no era no conseguir el físico que quería.
Era no entender por qué.
Mientras tanto, tampoco ayudaba demasiado escuchar a mi alrededor que quizá estaba perdiendo el tiempo, que no iba a conseguir gran cosa o que simplemente no tenía lo necesario para dedicarme a esto.
La realidad es que durante mucho tiempo yo tampoco confiaba demasiado en mí mismo.
Pero hubo un momento en el que entendí algo que cambió por completo mi manera de ver el entrenamiento.
No necesitaba encontrar el entrenamiento perfecto.
No necesitaba hacer una dieta perfecta.
Y desde luego no necesitaba empezar de cero cada vez que algo no salía como esperaba.
Necesitaba aprender.
Aprender a entrenar.
Aprender a comer.
Aprender a escuchar mi cuerpo.
Aprender a tener paciencia.
Y, sobre todo, aprender a mantenerme constante incluso cuando los resultados no aparecían tan rápido como quería.
Ahí fue cuando el gimnasio dejó de ser simplemente un lugar al que iba a entrenar.
Se convirtió en una parte de mi vida.
Esa nueva forma de entender el proceso terminó llevándome a uno de los mayores retos que he vivido: competir en culturismo natural.
Subirme a una tarima después de años de trabajo fue mucho más que intentar conseguir un determinado físico. Fue comprobar hasta dónde podía llegar si aplicaba todo lo que había aprendido y era capaz de mantener el proceso durante el tiempo suficiente.
Y fue precisamente durante ese proceso cuando más aprendí.
Aprendí que dos personas pueden hacer exactamente el mismo entrenamiento y necesitar estrategias completamente diferentes.
Que una dieta perfecta sobre el papel puede ser inútil si una persona no puede mantenerla.
Que progresar no siempre significa levantar más peso o pesar menos.
Y que muchas veces el verdadero cambio empieza mucho antes de que se vea en el espejo.
Después de años entrenando, compitiendo, estudiando y trabajando con personas con objetivos y situaciones muy diferentes, terminé construyendo mi propia metodología.
Una metodología basada en algo que para mí es fundamental:
No quiero que dependas de un plan. Quiero que aprendas a entender tu propio proceso.
Por eso, cuando trabajo con un cliente, mi objetivo no es simplemente entregarle una rutina y una dieta.
Quiero saber de dónde parte, qué ha probado anteriormente, qué le está frenando, cómo entrena, cómo come, qué dificultades encuentra en su día a día y, sobre todo, qué podemos hacer para que el proceso sea sostenible.
Porque transformar un físico durante unas semanas puede conseguirse de muchas maneras.
Lo realmente difícil es construir un físico que puedas mantener y una forma de entrenar y alimentarte que puedas llevar durante años.
Eso es lo que yo tuve que aprender por las malas.
Y es precisamente lo que hoy intento evitarle a cada persona que confía en mí.
No quiero ser el entrenador que simplemente te diga qué hacer.
Quiero ser la persona que te explique por qué lo hacemos, que te ayude cuando las cosas no salgan como esperabas y que te enseñe a disfrutar del proceso mientras construyes una versión de ti mismo de la que puedas sentirte orgulloso.
Porque si algo he aprendido durante todos estos años es que el cambio físico es solo una parte de la transformación.
La otra ocurre cuando dejas de depender de la motivación y empiezas a confiar en el proceso.
Y si estás buscando a alguien que te acompañe en ese camino, creo que estás en el lugar correcto.
